 | |  | |
|
Contaminación lumínica
Jueves 10 de septiembre de 2009 num. 109
La desaparición de la vía láctea
| |
|
 |
Cada vez más abordada por lo expertos, la contaminación visual es un fenómeno que afecta tanto la percepción de los ambiente como la riqueza de las naciones.
|
| |
 |
El hombre, desde tiempos inmemorables, ha basado muchas de sus actividades en la observación de las estrellas. La navegación y el comercio jamás hubieran llegado a ser lo que son sin el cielo resplandeciente sobre la cabeza del aventurero. El disco celeste de Nebra (en Alemania), es prueba inequívoca de que hace más de 3600 años el hombre ya miraba al cielo y éste lo ayudaba a atravesar los caminos desconocidos.
Los antiguos egipcios, al igual que nuestros ancestros los aztecas y los mayas, construyeron sus pirámides basados en un plano astronómico sumamente preciso; de tal manera que hoy podemos disfrutar de espectáculos naturales como el del templo de Kukulcán en el solsticio y equinoccio cada año.
Sin embargo, en nuestros días parece que el hombre se ha olvidado de la importancia que tiene el cielo y las estrellas en nuestra vida. La iluminación artificial, si bien nos facilita muchas actividades, pues sería muy difícil caminar por la calle sin iluminación en las aceras, ha causado un severo problema a nivel mundial, por lo que se acuñó incluso un término para hablar de ello y que en la actualidad escuchamos continuamente: Contaminación Lumínica.
La contaminación lumínica no es otra cosa que la emisión hacia la atmósfera, directa o indirecta, que proviene de fuentes artificiales. Sus efectos visibles son: la dispersión hacia el cielo (skyglow1), la intrusión lumínica, el deslumbramiento y el gasto excesivo de electricidad/energía.
La dispersión hacia el cielo es provocada porque la luz interactúa con todas las partículas que existen en el aire y se desvían en todas direcciones. El proceso se intensifica cuando existen partículas contaminantes en la atmósfera como humo, partículas sólidas o, simplemente, humedad ambiental. La expresión más evidente de esto es el característico halo luminoso que recubre las ciudades, visible a centenares de kilómetros según los casos, y las nubes refulgentes como fluorescentes.
La intrusión lumínica se presenta cuando la luz que se establece para los exteriores, penetra en la comodidad de nuestros hogares. ¿Alguna vez ha tenido un farol que no lo deja dormir con la ventana abierta? Bueno, a eso precisamente se refiere esto. Algunos números atrás hablábamos de la importancia de la luz y las afectaciones en la salud, el ciclo del sueño y demás, pues esta intrusión lumínica puede afectar estos ciclos.
El deslumbramiento es provocado por una fuente artificial, cuando su luz golpea directamente sobre el ojo y es proporcionalmente más intenso cuanto más adaptada a la oscuridad esté la visión. Al formar parte de un efecto accidental o no planeado, toda la luz que lo provoca es incandescencia no aprovechada, lo cual representa un gasto de energía inútil, que además constituye un elemento evidente de inseguridad vial y personal.
Recordemos pues que no por iluminar más se realiza dicha tarea mejor; una persona deslumbrada pierde reacción ante algún movimiento repentino mientras se encuentra, por ejemplo, al volante de un automóvil.
Ahora bien, además de los factores anteriores, tenemos el gasto excesivo de energía. Este problema lo podemos traducir hacia dos ámbitos: económico y ecológico. El aspecto económico se refleja en el sentido de que la luz que se dispersa hacia el cielo es un desperdicio lumínico, por el que, de todas formas, se debe pagar. Se podrá pensar: “Yo no pago la factura”, sin embargo sí lo hacemos; indirectamente, en forma de impuestos, que podrían utilizarse de otra forma y no en costear luz desaprovechada.
Y, por el otro lado, encontramos la cuestión ecológica. El desperdicio de energía se traduce en serios efectos para el planeta: afecta la biodiversidad de las especies al alterar sus ciclos de vida2, el gasto energético contribuye, en parte importante, al efecto invernadero y la evidente desaparición visual de algunos objetos celestes en zonas urbanas. Por ejemplo, la visibilidad de la Vía Láctea, depende del contraste entre la oscuridad del cielo y su propia luminosidad, la cual es difusa y tenue.
¿Qué podemos hacer para evitar esta desagradable situación? Muy sencillo, en las luminarias que usamos está la solución. Para empezar debemos evitar el uso de faros, farolas, proyectores o focos; fuentes que, debido a un mal diseño luminotécnico o a la colocación inadecuada, hacen que buena parte del flujo luminoso escape fuera del área que se necesita iluminar. También debemos recordar que una zona excesivamente iluminada, provoca el mismo efecto en las áreas vecinas –al menos, se igualan en nivel de iluminación-, lo que provoca una “reacción en cadena”. |
 |
Esto se debe a que el ojo humano necesita un cierto tiempo de adaptación entre diferentes grados de iluminación, de modo que cuando pasamos de una zona con un exceso de luz, a otra razonablemente bien iluminada, tenemos la falsa impresión de que el alumbrado de esta última es pobre o insuficiente.
Las luminarias bien colocadas y diseñadas harán que el haz de luz producido no se extienda fuera de la región que necesitamos iluminar, ya que ésta es energía que se pierde. Deberán contar con un cristal plano y transparente. La boca de la luminaria deberá estar dirigida al suelo y si la fuente es de reflector simétrico, se le puede colocar una “visera” que corte el flujo superior y lateral, reflejándolo hacia el suelo, procurando mantenerlo en una inclinación que no supere los 45°. HT |
| |
|  | |  |