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It's the end of the world as we know it...
Martes 01 de diciembre de 2009 num. 112
and I feel fine
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Muy a tiempo retomamos el tema de la alta fidelidad, en este espacio debatiremos sobre la forma en que nuestros sentidos procesan el cúmulo de formatos digitales que los rodea.
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El mundo ha cambiado. Es digital, aunque a muchos nos cueste aceptarlo. Y en audio y en música va siendo hora de adaptarnos a los tiempos que han llegado. Si bien es cierto que en algún resquicio de nuestro corazón denotamos nuestra pasión por los vinilos, hemos de aceptar su destino como formato favorito de un nicho, un puño de melómanos y audiófilos que lo valoran a tal grado que el venerable disco vive.
Esperen, ¿me refería al vinilo o al disco compacto? Piénsenlo dos veces. En realidad me refería a ambos formatos. Ambos suenan a nostalgia que sólo permanece en los que ya cruzamos los treinta y más. A los adolescentes y jóvenes veinteañeros, eso de los discos les viene y les va. Todo es virtual, todo se puede bajar de la red… y gratis. Baste ver una PC (o Mac para el caso) de un joven y encontraremos miles y miles de canciones, de ellas la abrumadora mayoría con pésima calidad de sonido gracias a una incisiva compresión. Motivos: hoy la consigna es tener muchas, millones de melodías, no importa que suene a lata de sopa. Algunos dirán que es asunto económico, otros cultural. Signo de la época que nos tocó vivir.
Para los pocos preocupados en lograr sonido de alcurnia que provenga de sus computadoras, hay buenas noticias, la mejor de todas es que con algo de información, otro tanto de inversión y no dejando decaer la pasión por descubrir la música, se pude lograr. Si señores, el audio que pasa por el Internet, las computadoras, los discos duros o las memorias de estado sólido también puede ser high end. Vamos rompiendo mitos.
Y este discurso que aunque parece no es del tipo “tiempos pasados siempre fueron mejores”, es para refrescarnos las ideas sonoro-musicales o músico-sónicas. Y como ejemplo hablemos de un sistema enfocado al audiófilo moderno que quiere mostrarse tras esa careta de reacio y ultra conservador aficionado al buen sonido que piensa que con el sonido digital se acabó la pasión audiófila.
Leit Motiv de estas letras era en realidad para reseñar una joya que cayó en nuestras manos y que prácticamente a la primera vez que lo escuchamos, ya nos había conquistado, el DAC Magic de Cambridge Audio. Sí, la moda o necesidad de un buen convertidor digital analógico se hace evidente de igual modo que en los albores de la era digital del CD (a mediados de la década de los ochenta, del siglo pasado). En aquellos ayeres la promesa de Sony-Philips del “sonido perfecto para siempre” les rechocaba a las orejas sagradas del orbe: el CD evidenciaba un audio recortado, comprimido, chillón en las altas frecuencias, rasposo en el medio rango y delgado en el extremo bajo, los hermosos armónicos inherentes a la música habían sido rebanados con una hoja de afeitar. El sonido digital era limpísimo, aséptico, sin los clicks y pops del venerable vinilo, pero sin nada de su magia analógica. Los DAC´s externos hicieron su aparición y su agosto. Años después el sonido de los lectores (y de las grabaciones DDD) mejoró (¿o será que nuestros oídos se dieron por vencidos?) y el boom por los DAC´s decayó, así que su mercado se centró en unos pocos audiófilos de cartera gorda.
Veinte años después parece que la historia se repite, sólo que empeorada y aumentada, pues ahora los usuarios somos responsables (en gran parte) de la pésima calidad de audio que circula por los circuitos de una computadora y que luego salen por unos audífonos de dudoso apellido o peor aún de unos transductores tan malos que no merecen ser nombrados bocinas, ni altavoces. El MP3 se volvió un lugar común y aunque mucha gente no entiende de qué se trata, es el amo y señor del sonido digital de nuestros días. Siendo abogado del diablo, la verdad es que el audio de un archivo MP3 no es tan malo, claro que cuando su tasa de transferencia es de 320 kilobytes por segundo (ya empezamos con lo técnico) y cuando esa música se usa como audio distribuido o música de fondo. Nada que disturbe sacrosantos oídos, si esos archivos pasan de manera decente por un amplificador de buenas maneras, unas bocinas de marca conocida y apellido alta fidelidad y por unos cables de cobre polarizados y de un calibre más grueso que unas agujetas de zapatillas deportivas.
Claro que para una audición seria, deberíamos fijarnos en codificar nuestra música sólo en formatos no comprimidos como WAV o AIFF (ambas versiones del reconocido PCM 16 bits 44.1 kHz; .wav más conocido en el mundo de Windows y .aiff para Mac OS) o al menos en formatos con compresión pero sin pérdida como FLAC, Monkey´s Audio (APE), WavPack (WV), Shorten, Tom´s Lossless Audio Compresion (TAK), TTA, ATRAC Advanced Lossless, Apple Losless o Windows Media Audio Losless (WMA Lossless).
Hasta hace algunos años el alegato era como almacenar tanta música cuando los discos duros apenas llegaban al orden de los Gigabytes. Hoy para nuestra fortuna, las cosas han cambiado y los discos rígidos ya se consiguen en 1, 2 y hasta 4 Terabytes y más tarde que pronto las memorias de estado sólido (mucho más eficientes y menos susceptibles a fallos que los discos duros) llegaran a esos tamaños. Así que considerando un escenario de un audiófilo de nivel medio que posee 3000 discos compactos digamos y que cada disco sea almacenado sin compresión (600 megabytes por CD), apenas se necesitarían 1.8 Terabytes. ¡3000 discos sin compresión! Para ello ya se pueden usar discos (o unidades NAS) con backup redundante. Claro que para almacenarlos hay que tener mucha paciencia… Ese trabajo podría llevarnos fácilmente un año, pero valdrá la pena: el catálogo de nuestra música será mucho más preciso, podríamos “jalar” música desde cualquier PC, Mac o dispositivo móvil de la casa, controlar la biblioteca desde un componente como Transporter de Logitech, gobernarlo desde un iPhone o iPod Touch, o mejor aún integrarlo a un soberbio equipo como el Sooloos de Meridian, podría hacerse una red de alta calidad (WiFi, Ethernet Gigabit o RF propietaria) de audio con un sistema de música multiroom como Sonos y un largo etcétera. Eso en cuanto a almacenamiento y control.
Luego viene el tema de las compras de música por la web (suponemos que un audiófilo no baja archivos ilegales, ni es miembro de algunos Torrents y menos del Pirate Bay). Cada vez hay más tiendas que ofrecen archivos lo mismo en baja calidad (iTunes Store, 7digital, Mixup digital, etcétera) que entregan música en MP3 o en AAC (ambos formatos de compresión con pérdida). Sin embargo también surgen tiendas virtuales que permiten bajar archivos de alta calidad (Linn Records, HD Tracks, Society of Sound de Bowers & Wilkins, Chesky, etcétera) en formatos como FLAC o ALAC, incluso WAV. Y créanme que bajar archivos de ese nivel y pasarlos por un DAC y luego integrarlos a un decente sistema de amplificador y bocinas, puede ser glorioso.
El futuro viene por el Streaming. Sitios como Rhapsody son la novedad, ya que algunos ofrecen toda la música del mundo (es un decir, ya que anuncian 10-15 millones de canciones a la carta) por un pago mensual. Una delicia. Experiencias similares suceden con iLike, Last.fm o Spotify, sólo que de manera gratuita. La radio por Internet también es una fuente inagotable de música nueva, estaciones de alrededor del mundo develan genios escondidos en cualquier género musical, algunas en baja otras en mediana calidad de audio, también muy mejorables con un DAC.
Pues así el antecedente breve de la alta fidelidad en tiempos del internet. Se suponía que este era un texto para reseñar mi experiencia con el Apple TV y el DAC Magic de Cambridge Audio, el tiempo y el espacio se agotaron, así que no se pierdan la siguiente entrega de HiFi 2.0. HT |
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